domingo, 21 de junio de 2009

El Barco de Papel



"Dicen que los sueños de los niños son frágiles, que nacen en su mundo se alimentan
de esperanzas y un día, desaparecen en embarcaciones tan etéreas, como barcos de papel."....(M.P.)


Pablito, un niño de siete años como casi todos los niños de esa edad, comenzaba la rutina de cada día con la escuela, los juegos, la casa, el cuarto, el jardín. Bajo la atenta mirada algo obsesiva de la madre, que por ser hijo único mimaba demasiado.
Pablito tenía su mundo propio y era su cuarto, pintado de azul en el techo un brillante arco iris, haciendo juego con los muebles y la alfombra dónde retozaban apilados soldaditos de madera, títeres, pelotas y libros de cuento. El niño entraba y salía de su pequeño mundo, buscando, explorando nuevas aventuras, armando y desarmando pequeñas carrocerías de diminutos autos, lidiando con personajes imaginarios en interminables monólogos y cuando se cansaba, ordenaba sus estanterías y cajas, estiraba el cubrecamas de hermosas figuras plenetarias y salía a perseguir mariposas al fondo del jardín. Entre tanto, la nana Agustina a regañadientes hurgaba las entrañas del dormitorio sacando y guardando juguetes esparcidos por todos los rincones. ¡Pablito recoge tus juguetes! ¡Pablito mira como dejaste tu cama! Era la eterna letanía, que como cuentas de un rosario dejaba caer las palabras en los espacios llenos de luz y color. En la mañana pasaba el bus, que lo recogía muy temprano a pesar de vivir a pocas cuadras de la escuela, entre bostezos y reclamos aún semi dormido, terminaba por despertar arriba del vehículo platicando alegremente con sus amigos del recorrido. ¡Bah, que lata caminar! decía muy suelto de cuerpo. La familia la constituía, su madre viuda y la siempre fel Agustina, que a pesar de sus enojos lo amaba por sobre todas las cosas, ella lo había visto nacer y desde entonces celebraba entre risas y retos sus travesuras de niño felíz. Cerca de la casa en un caserón rodeado de cipreses vivía un niño de mas o menos su edad que a diario contemplaba el juego de los pájaros haciendo nido en los árboles frutales y el color resplandeciente de las flores,abriendo sus corolas a la caricia de las tibias mañanas. Era el pequeño Antonio, que postrado en una silla de ruedas, miraba a los niños pasar, mientras en su mente dibujaba pequeñas estrellas soles y lunas en armonías perfectas. Antonio a diferencia de Pablito,no iba a la escuela y no tenía mamá vivía modestamente con una hermana que se ausentaba largas horas dejándolo sumido en su soledad y su miseria. Muchas veces la curiosidad de Pablito, lo hacía detenerse y mirarlo entre inquisidor y extrañado, al verlo siempre ahí tan quieto y ante la muda mirada del niño inválido continuaba su camino préguntandose el porqué de esa imágen tan triste y solitaria perdida en el portal del caserón de los cipreses Mañana hablaré con él se decía......¿Tendrá miedo? ¿Tendrá hambre? y ese mañana nunca llegaba. Hasta que una tarde soleada de domingo Pablito sigiloso acercó sus pasos al caserón. ¿Hola? Me llamo Pablo ¿Y tú?.....hola soy Antonio. silencio entre ambos, largo, pausado escrútandose ávidamente. Pablito preguntó. ¿Estás solo? si ....siempre estoy. Espantado ante su impávida respuesta volvió a preguntar ¿Y tus juguetes? ¿No tienes juguetes? mira yo, voy a una escuela de por acá cerca decía puntando con el dedo hacia el horizonte. La sonrisa triste del niño postrado se iba desdibujando lentamente de su pálido rostro. Yo ...no puedo caminar... ¿Te duelen las piernas? preguntaba ansioso Pablito Si me duelen, pero no importa a veces no las siento. Mira yo vivo cerca de aquí, cuando pueda vengo a verte...¿Quieres que venga? Si, quiero. Y en sus ojos castaños rodeados de largas y sedosas pestañas, salió el sol con resplandor de primavera. Pablito regresó silencioso a su hogar. Un niño solo, sin amigos, solo, solo. Le llevaré mi camión amarillo con barandas de madera roja pensaba. Ya en el interior de su hogar cálido con aroma de guisos y verduras recién preparados el grito de siempre, resonando en el ambiente plagado de quietud. ¡Tu merienda está servida! Esta vez Pablito no escuchó corrió raudo a su cuarto y buscó el camión mas grande el amarillo con barandas de madera roja y escabulléndose por la puerta trasera corrió a la casa de su nuevo amigo que como siempre esperaba en el portal. Con un suspiro de satifacción llegó hasta él ¡Mira acá te traigo este camión! es muy bonito...¡Oh gracias, que bello! nunca había tenido un juguete así tan hermoso... y sacando de los rincones de su raída chaqueta un barco recién plegado en hojas de papel azul se lo entregó a Pablito que lo miraba expectante. Yo no tengo nada que regalar, pero este lo hize con mucho cariño para ti. susurró apenas con la emoción saltando en sus pupilas doradas. Y Pablito sintió un nudo estremeciendo su garganta, su corazón y su cuerpo entero. Comprendió de súbito, lo injusta que era la vida, lo hermético que era su mundo. Comprendió que mas allá de sus propias fronteras, habían otras muy diferentes cerradas, tristes, solitarias. El mundo del pequeño Antonio. Cogió con emoción el barco de papel, sollozando su alma. Apretó el obsequio de su amigo al pecho desbordado por la angustia y corrió nuevamente sin aliento hasta su casa, tratando de retener su infancia, que a pedacitos escapaba lenta navegando en ese barco de papel azul.



Margarita Parada Palma

1 comentario:

Cafroeyd dijo...

Me dieron muchas ganas de llorar
pero no lo hize